Por María Paulinelli
Los invitamos a un recorrido increíble junto a María Paulinelli y su más reciente reseña sobre La música de las cosas perdidas, de Javier Núñez.
Busco y busco las palabras que logren referenciar este texto que aún tengo entre las manos. Busco y busco y solo se me ocurre un sustantivo que designe el movimiento. Un movimiento que se extienda y no termine. Un movimiento de las cosas que ya fueron y también de las que aún permanecen en el mundo. Un movimiento que inicie y también cierre las historias. Y entonces, digo: deslizamientos. Esa es la significación que ando buscando. Deslizamientos entre lo real y lo imaginado, entre el pasado y el presente, entre la memoria y la presencia, entre el rumor del mundo y las palabras que lo representan. Dije: Tengo el libro, o debería decir: Tengo la maravilla convertida en texto. Javier Núñez es quien lo escribe. La música de las cosas perdidas, se titula. Eduvim y UNR Editora, de la Universidad de Rosario, lo publican en 2022. Nosotros podemos acceder al texto, desde entonces.
¿Me acompañan en este recorrido increíble que significa la lectura? Un recorrido que, después, realizarán también Ustedes.
Sorprende la cuidadosa impresión. Configuere es la entidad responsable. Marcelo Kopp realiza el diseño de tapa. Cierra el texto la reproducción de una xilografía, también, de su autoría. Sin título. Ambas imágenes, esbozan retazos de un mundo que puede ser posible. Es el primer acercamiento. Un mundo de humanos y de cosas. Mezcladas. Quizás, indefinidas.
Un mundo que se hace con la música, ese rumor que se desliza por el mundo. Por eso, Javier cierra el texto donde explica porque titula así su libro. Pero donde también, identifica las significaciones de ese mundo que ha creado y que nosotros descubriremos en la lectura: “Nico asiente en silencio como si entendiera lo que el otro trata de decir: hay en ese gesto, una suerte de comunión, algo que los hace comprenderse sin palabras”. Y continúa: “Como si un murmullo antiguo que baja del cerro y de los siglos los envolviera en su canto de viento. El rumor perplejo de todos los que arrastran un peso grande desde el pasado, los que tienen una larga sombra proyectada por todas las cosas perdidas, que les determina lo que hicieron o lo que harán, los que creen que agotaron todos los recursos para seguir adelante y se entregaron, los que andan como perdidos, los que no vuelven, los que siempre se van, los fugitivos de ellos mismos, los que de tanto pasar desapercibidos se han vuelto frágiles, vagamente borrosos, irreales. Un rumor secreto y antiguo que los abraza…”.
El texto se ordena en capítulos que se estructuran en fragmentos. Solo el espacio en blanco los separa. Diez capítulos que relatan los deslizamientos. Casi una road movie, define Martín Sansarricq en el imprescindible Prólogo que titula El vértice de la invención. Entre los capítulos, mezclados, abriendo y cerrando al mismo tiempo, se desliza la otra historia. La de Nico. Nico que imagina las mujeres posibles que pueden ser su madre. Porque uno de los deslizamientos es la reproducción de las versiones que el muchacho imagina de las distintas posibles existencias de su madre. Javier las intercala dentro de la historia que referencia su búsqueda en el viaje. Se identifican por el título y el diseño de la página. P# y un número. Un número que no guarda ninguna relación entre los textos, significando así que son algunos de los posibles imaginados. Son fragmentos breves, referencian la profesión y las modalidades. Algunos señalan la presencia de hijos. Otros indican la inexistencia de ellos. Una breve semblanza, solamente. Les transcribo uno. “Diseñadora gráfica e ilustradora independiente. Su sueño es viajar por el mundo para hacer ilustraciones de la arquitectura de las ciudades europeas. Su estilo combina líneas para el trazo de las siluetas de los edificios y un acabado desvanecido de acuarelas que le da una impresión etérea, sueño o recuerdo difuso. Le gusta la acuarela porque es impredecible y la hace fracasar y empezar de nuevo. Como la vida”.
Un narrador en tercera persona nos conduce en el relato. Su omnisciencia le permite no solo ir y volver por los distintos pasados y por el presente del viaje que realizan. También, le permite expresar la interioridad de los protagonistas en ese trabajo de memoria que realizan. Así dice: “Recordar es una forma de desorganización sistemática del tiempo. Es traer al presente algo que acontece siempre en el pasado, algo que forma parte de un tiempo que ya no es”. En distintas ocasiones, el narrador se convierte en la primera persona del plural. Un nosotros que nos convierte a los lectores en protagonistas del relato. Participamos en la mirada que narra. Somos hacedores de la historia. Increíble. ¿No?
El presente de la narración es el viaje que realizan los protagonistas en la búsqueda de alguien o de algo. De ahí lo de road movie. Un viaje que significa la búsqueda de las cosas perdidas. Solo que Javier les da una significación particular. “No perdemos las cosas: las cosas nos pierden a nosotros. Los verdaderamente perdidos somos los que alguna vez, tuvimos algo”. Eso incide en el delineamiento de los protagonistas, en la comprensión de las historias que leemos. Andrade es ese arquitecto que mejor define la complejidad de esa pérdida. Una pérdida no solo del sentido de su vida como profesional, como ser humano –esposo, pareja, familia– sino como padre. Paula es la hija que, a los diecisiete años, lo abandona. Ahora, después de un tiempo indefinido, imprevistamente aparece Facundo –pareja de Paula, inmovilizado por un accidente– que le trae el hijo de ambos, Nico –de catorce años– que busca desesperadamente a su madre. Le han entregado una foto de Paula en algún pueblo del Norte de Argentina. Andrade se conmociona no solo por la presencia de su ignoto nieto –que lo convierte automáticamente en abuelo– sino por la posibilidad de encontrar a su hija. Jimena, ex pareja de Andrade, los acompaña en el viaje que supone esa búsqueda de las cosas perdidas. Durante el trayecto se incorpora Luna, una jovencita que identifica ese recorrido espacial –el viaje– con la búsqueda de su identidad. Se ensamblan, entonces, las distintas búsquedas en un relato que los conduce al encuentro con esas cosas perdidas que la música –el rumor de la vida que acontece– les permitirá resolver.
Una prosa poética por momentos, metaforiza las distintas historias, describe los espacios desde ese rumor, esa música que adquiere el mundo al ser contemplado. “El sol termina de esconderse detrás de los cerros. La noche estrellada cae como una lluvia tenaz sobre el cordón montañoso, sobre valles y quebradas, sobre una pequeña ciudad, sobre una calle empedrada, sobre un patio interno de luz tenue, sobre una mesa en silencio, sobre un hombre y un chico que se sienten repentinamente frágiles, borrosos, minúsculos en la vastedad de la noche fría que envuelve ese rincón del universo con tanta fuerza que, por un momento, parece que va a durar para siempre.” Un humor, cuajado de ironía, distiende y a la vez, explica situaciones, reacciones, sensaciones, sentimientos. Se reitera. Cierra escenas. Así por ejemplo, cuando almuerzan una parrillada, Nico muestra buen apetito, después de los magros almuerzos con su abuelo. “Cuando ya casi no queda nada en la tabla, Andrade le hace una seña al mozo que se acerca: ¿Le puede traer el resto de la vaca al chico por favor?”. A esta ironía se le suma las referencias de películas, canciones, personajes que revelan el nivel cultural de los protagonistas.
Y entonces, recorremos desde el placer intenso que proporcionan las palabras, el viaje de cada uno en busca de las cosas que se pierden, que se encuentran, que se buscan, que permanecen algunas veces, y otras desaparecen cuando llega algún silencio. Podría seguirles contando la maravilla que es el libro. Solo les digo que es una metáfora que nos puede consolar de la tristeza de cosas que perdimos… que también, nos puede alegrar en el encuentro que logramos… que quizás, nos recuerde como es esa música que mueve el mundo para hacerlo más humano. Gracias, Javier, por esa maravilla.
Hasta más vernos,
María
Podés conseguir La música de las cosas perdidas, de Javier Núñez en la tienda de libros físicos y en su versión digital.








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