Un sanatorio suele presentarse como un edificio de ladrillos y camas; sin embargo, para quienes lo habitan, es un océano donde todo se vuelve líquido: las certezas, los recuerdos y nuestra propia identidad. En Por más escondida que esté, Maia Debowicz entrega una radiografía de la vulnerabilidad humana que nos obliga a mirarnos al espejo sin filtros.
La obra llega de la mano de La Crujía, un sello editorial que nació a finales de la década del 70 como un proyecto de investigación interesado en estudiar la comunicación alternativa y popular. Aquel espacio, que funcionó como un rincón de resistencia para pedagogos, catequistas y comunicadores durante la dictadura, se transformó con los años en un faro para quienes buscan reflexionar sobre cómo nos comunicamos. Publicar en este sello constituye una declaración de principios: La Crujía edita obras que desafían las estructuras, y la novela de Debowicz es una pieza disruptiva frente al relato clínico y plano de la enfermedad.
Maia Debowicz, reconocida periodista y crítica cultural, atraviesa en estas páginas la experiencia límite de una cirugía ginecológica urgente que cambió su cuerpo para siempre. Pero sentía que desde lo terrenal de la palabra no iba a poder abordar la magnitud de lo que vivió. Por eso, creó a Roberta, su alter ego. A través de metáforas marítimas, Maia transforma la clínica en un mundo subacuático donde los cirujanos son tiburones, el dolor es una corriente indomable y el coágulo enorme que despide su cuerpo se convierte en una medusa gigante. Su estilo, afilado y multifacético, nos permite transitar una historia que se siente visceral y, sobre todo, honesta. Maia no solo narra una cirugía; disecciona la experiencia de habitar una presencia que, por momentos, se siente como un extraño. Es un libro que captura el instante preciso en el que la vida nos saca la alfombra de los pies y nos obliga a redescubrir quiénes somos cuando dejamos de cumplir roles sociales.
Al leerla, es inevitable hacerse preguntas incómodas sobre nuestra propia vida y la máscara que portamos. Vivimos en una sociedad que, por instinto, busca encasillar; nos exige una performance constante de bienestar o productividad. Queremos ser percibidos como «funcionales» y, cuando no logramos entrar en esa grilla predeterminada de lo que significa ser «normal» o «exitoso», la soledad se siente como una condena. Todos, en algún momento, nos ponemos una máscara, una especie de caparazón para hacerle frente a las adversidades del día a día. Sin embargo, hay lugares de paso, como lo es el hospital en la novela, donde esa máscara parece pesar menos y nos permitimos ser quienes realmente somos. La autenticidad, como plantea el libro, es un acto de rebeldía política.
Nos gusta creer que tenemos el control absoluto de nuestra imagen, pero el cuerpo, tarde o temprano, siempre nos delata. A veces, cuando intentamos fingir que estamos bien para cumplir con las expectativas del entorno, el cuerpo se manifiesta y expresa todo lo contrario: una tensión acumulada, un insomnio persistente, una molestia que insiste. La naturaleza humana no solo nos traiciona; nos pone alarmas, avisos de que algo no anda bien. Aprender a leer esas señales o, como hace la protagonista en el hospital, aprender a dirigir el oído entre tanto ruido clínico y social es el primer paso para dejar de ser espectadores de nuestra propia vida y empezar a habitarla de verdad. Es una lucha constante, un desafío diario que se complica cuando aparecen los «tiburones» de nuestra vida. Maia, en su libro, identifica al cirujano como un tiburón blanco, una figura que nos recuerda que siempre habrá fuerzas externas que intentan devorar nuestra paz mental, pero que es nuestra tarea aprender a nadar, incluso en las aguas más turbulentas.
La potencia de este libro radica en que no busca darnos soluciones mágicas, sino acompañarnos en la incertidumbre. Al cerrar Por más escondida que esté, te queda la sensación de haber nadado en aguas profundas junto a la protagonista. La obra funciona como un recordatorio de que, aunque nos sintamos a la deriva o aterrados por la mirada de los demás, siempre podemos aprender a saltar, como lo hizo ella en aquella pileta de la infancia: con el miedo en los pies, pero con el aire necesario en los pulmones para seguir adelante.
Si buscás una lectura que te sacuda, que te obligue a pensar en tu propia historia y que te recuerde que tu propia piel y tu esencia son tu único hogar, este libro tiene que estar en tu mesita de luz. La novela te interpelará con las preguntas correctas, esas que solo las grandes obras logran formular. Es una invitación a dejar de escondernos y a aceptar que, en nuestra vulnerabilidad, reside nuestra mayor y más auténtica fuerza. Al final del día, todos estamos en una etapa de «paso», y quizás, en esa transitoriedad, sea donde más podamos ser nosotros mismos.
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