POR MARÍA PAULINELLI
La reseña de María Paulinelli de este mes versa sobre Detrás del vidrio, de Sergio Schmucler. Un texto que, señala María, “supera la diafanidad de un testimonio para convertirse en el testimonio de la memoria de un hombre y de una generación al mismo tiempo”. ¡Que disfruten la lectura!
En estos últimos tiempos, los he invitado a leer los textos maravillosos de Susana Aguad y Antonio Marimón. La acertada política editorial de Eduvim, posibilita que, ahora, continúe con otro texto que completa esa trilogía de memoria. Una memoria de nosotros, los argentinos, centrada en esos mismos días, donde se alternan la alegría y la tristeza, la utopía y el fracaso, la libertad y la represión, la revolución y la dictadura, los sesenta y los setenta… todo desde las voces, las miradas, la esperanza en un país más humano, más de todos. Y entonces, ahora, comparto la lectura de ese otro texto que completa esa trilogía: Detrás del vidrio de Sergio Schmucler. Un texto increíble que nos incita a rememorar un tiempo –su tiempo– entre los retazos de ese otro tiempo –el de todos– desde la palabra como la posibilidad de mostrarlo, de narrarlo, de testimoniarlo.
Me pregunto: ¿Cuáles son las modalidades discursivas del relato que posibilitan esa rememoración? Me respondo: Se posibilitan de dos modos. Una referenciación –a veces– documentada o testimonial de un hecho específico. Metamorfosis –otras– en la construcción de un mundo posible. Todas búsquedas, intentos, para relatar la memoria, para disipar el olvido, para hablar de lo que no se dijo, para convertir en nombrable lo innombrable.
Detrás del vidrio deambula entre esas dos posibilidades. En los inciertos márgenes de la documentación testimonial y la metamorfosis ficcional, en la oblicuidad de una enunciación mixturadora de experiencias individuales y colectivas, en la fragmentariedad de un relato que enhebra versátilmente reflexiones y acontecimientos, construye un espacio donde la memoria virtualiza un testimonio: el de un hombre pero también el de una generación.
Tomo el libro. Se reitera la modalidad de la Colección Caterva en el diseño. La transparencia de la tapa –realizada por Graciela Siles lo mismo que el diseño del texto–, reproduce la silueta de un animal, pero deformado en las ropas que lo visten. Me remite a la multiplicidad en las modalidades discursivas del relato que señalábamos. Asimismo a la imposibilidad de una interpretación única reiterada en la significación del título. La contratapa define a la Colección Caterva en la publicación de narraciones centradas en “el incesante movimiento de la literatura” Incluye, además, una breve síntesis de los antecedentes del Director de la Colección, José Di Marco. Las solapas resumen datos del autor y de la responsable del diseño.
El título Detrás del vidrio remite en la enunciación de los acontecimientos relatados a dos situaciones paradigmáticas dentro del relato: el viaje a Méjico de Abel –el protagonista– con la consiguiente ruptura con su pasado militante y la apertura a una nueva condición: la de exiliado. Pero, también remite al último encuentro con su hermano Pablo antes de su desaparición definitiva. Ambas representan situaciones límites que inciden en la estructura narrativa, pero que además –y eso es lo relevante– ratifican un cierto sentido de lo irremediable, mejor, de lo irrecuperable.
Eso es, quizás, una de las metáforas a las que alude “detrás del vidrio”. La imposibilidad de mirar directamente, de representar la visión de lo que fue y la consecuente remisión al recuerdo/los recuerdos como forma de recuperación. Pero también remite al acto de escritura que enuncia no la visión de cómo fue sino cómo se lo representa en la memoria, cómo se dice que fue y porqué se lo ve así. De allí el sentido de representación de los relatos, mediadores tanto de la experiencia individual como de la experiencia de un grupo o generación.
Y abro el libro que se despliega, increíblemente, como si Sergio lo narrara, lo dijera… en esa historia que es su vida desde entonces, diseminada, disputada, escindida entre espacios diferentes y lejanos.
El texto
El Prólogo de Diego Tatián problematiza distintos ejes de la novela al mismo tiempo que la inscribe en el universo narrativo cordobés. El texto propiamente dicho, se abre con dos breves transcripciones de “las cartas de mi padre”. Textos de Hector Schmucler que indagan distintas cuestiones, vinculadas al amor y a la escritura
El texto se estructura en cuatro capítulos, sin títulos. Cada uno de ellos, se ordenan en fragmentos que muestran esa multiplicidad que deambula entre enunciaciones diversas, tiempos diferentes, modalidades discursivas varias.
El relato
La enunciación mixtura distintos tipos de discurso y combina distintas estrategias narrativas.
Un enunciador en primera persona prioriza un enunciado: la historia de un militante revolucionario en la Argentina de los setenta. Es decir, relata una experiencia individual en la representación de cómo fue. Pero esta enunciación se imbrica con otros discursos que completan esa representación. La inclusión de la Marcha Peronista, de canciones militantes, de estribillos y consignas, de un relato del Idishe zeitung que, acompañados de diversas estrategias narrativas –la transcripción de cartas (del mismo protagonista, de su hermano, de su madre, de otros integrantes de su generación) las alusiones a noticias de los diarios de la época, descripción de fotografías, etc.– completan esa representación de cómo se dice que fue. A su vez, el uso de recursos como la transcripción de un Diario presuntamente autobiográfico, conjuntamente con los textos de “un portafolio negro”, añaden a esta representación el sentido de porqué se lo ve así. Es que el relato no solamente construye los acontecimientos: la referenciación a la facticidad de determinadas situaciones –identificables en las marcas del texto para la contextualización espacial y temporal– sino que la enunciación vuelve una y otra vez sobre reflexiones, interpretaciones que completan ese trabajo de la memoria de recuperación, pero también de resignificación del pasado en esa resultante que supone la enunciación del texto.
Ahora bien, esta mixturación de discursos en la transcripción o en el uso de estrategias señaladas, supone el traspaso o la versatilidad de la identificación entre esa primera persona singular –ese protagonista individual– y el yo colectivo- el de una generación- que, en el uso del nosotros, referencia así la pertenencia a determinado grupo. De allí el carácter de legitimación de una generación.
El tiempo, reitera esta multiplicidad. Una ambigüedad entre un presente que ratifica la performatividad de la escritura que instaura ese carácter de “discurso de…” o representación de la memoria y un tiempo cronológico de la documentación de los hechos referidos. Un tiempo que entrevera el presente y los pretéritos en ese asociar un dato a un recuerdo, recuerdo a otro recuerdo… pero que en definitiva instrumentalizan el proceso de contrucción de la memoria; de la lucha por el recuerdo sobre el olvido a través de una relación donde se privilegian y se delinean zonas blancas, zonas grises, dejando otras… irremediablemente negras.
De la misma manera, los espacios son móviles, cambiantes, indefinibles. Movilizados a través de referencias temporales o parcializados en los acontecimientos que remiten a… o provienen de.
Esta oblicuidad de una enunciación mixturadora de experiencias individuales, esta fragmentariedad de un relato que enhebra versátilmente reflexiones y acontecimientos, construye, delimita un espacio narrativo significativo.
Un espacio que busca representar el funcionamiento de la memoria Por eso la no linealidad de los acontecimientos narrados, la construcción de una temporalidad propia que ligada a la performatividad del discurso representa metafóricamente la experiencia del fluir de la memoria. Por eso también, la existencia de varias voces que contrarrestan una interpretación única, transparente, definida. Por eso –finalmente– el uso de un lenguaje que remite a esos límites de la experiencia, a la conciencia de algo inalcanzable. Así dice Sergio: “Vivo aquí. Nunca pude recuperar nada; quedó un hueco así, para siempre. Así para siempre un hueco que no se llena con nada, que a veces parece no existir, pero que no deja de estar… Algo allá me abisma, de despierta. Algo aquí me cobija, me serena. Y a veces es al revés.
Quizás, como a veces he soñado, nunca salí de Ezeiza.”
Un lenguaje acertado en esa representación de las inseguridades, en esas certezas de los límites de las posibilidades pero también de las carencias en la multiplicidad significativa a que remiten las permanentes, restallantes metáforas que estructuran el texto: la oblicuidad del vidrio, la presencia corpórea de la muerte, las voces increpadoras y las silenciadoras…
Las incisivas interrogaciones sobre el sentido/sin sentido de acontecimientos que fueron y podrían no haber sido y que inciden en esas posibilidades/imposibilidades. “Si recordara otra calle, otro gesto, otra mirada, otro grito, ¿sería distinto?”
Todo, incidiendo en la enunciación de un texto que supera la diafanidad de un testimonio para convertirse en el testimonio de la memoria de un hombre y de una generación al mismo tiempo. “Camino con todos, aunque estén muertos, aunque hayan sido un viento que se volvió amargo, empujados por aquel ángel de la revolución que revoloteaba sobre nuestras cabezas.” Pero también en la imposibilidad que cobra existencia a través de una posibilidad de hablar: “Camino para llegar ahí no sé qué brillo, qué reflejo, qué sombra, me puede decir algo.”
Podría seguir transcribiendo fragmentos de ese texto único, increíble en su formulación…Texto maravilloso en la referencia a un compromiso con una revolución que dejaba de ser sueño para alcanzar la materialidad de lo real… materialidad que luego se diluiría impunemente por la represión, la desaparición y la muerte… El sentimiento inútil ante el abismo de la ausencia explicitado en ese diminutivo hermanito, con toda la simpleza y complejidad de la palabra… La alegría, sí, la alegría colindando con la tristeza, el logro con la pérdida, la plenitud con el vacío, la presencia de la vida con la irremediable ausencia…. La angustia de un viajero –como alguna vez, lo llamé a Sergio– por su eterno deambular entre Méjico y Argentina, entre distintos lenguajes, entre diversas signos de representación…. Por todo eso, Detrás del vidrio resulta un libro que no se olvida… que resulta imprescindible para entender la imposibilidad de vivir después de las pérdidas, de las derrotas.
Me pregunto: ¿No es casi nuestra esa tristeza que expresan tantos fragmentos en el texto que transparentan la tristeza que Sergio habrá sentido? Transcribo un texto último. “Me olvidé de la revolución. Ya no creo que haya que dar la vida para cambiar el mundo. Me olvidé de la revolución, de que había un pueblo y socialismo y patria o muerte y liberación o dependencia, y todas las palabras y las frases y las consignas que fueron tan importantes. Un día el mundo se quedó sin esas palabras. Ahora me río y lloro y pienso y odio y amo, pero sin que ellas estén ahí cerca, no las podría ni siquiera pronunciar porque suenan raras, y a veces siento que con las palabras disueltas algo más se disuelve, porque sin ellas no entiendo qué pasó. Vivo en un mundo en el que las razones por las que pasan las cosas no importan, Simplemente suceden. Las cosas pasan porque pasan. ….. Todas las palabras que lo acompañaron esa tarde mientras corría ya no existen. El mundo es otro y también, Pablo es otro en este otro mundo.” Pero también, quiero que sea casi nuestra esa alegría que se desprende de aquellos momentos cuando se creía que todo era posible. Una alegría que significaba vivir en un mundo sin desigualdades, opresiones, negaciones…. También eso dijiste, Sergio y son las páginas más bellas del libro…
Y te fuiste, Sergio. Quedó tu libro. Dejaste otros libros, películas, novelas radiales, director de revistas… Muchas cosas… además de tu sonrisa.
¿Qué más puedo decirles? Es un libro único aunque todos los libros son únicos. Pero este no se olvida Imprescindible su lectura para entender tantas cosas de la vida, de los tiempos que se fueron y que ahora son distintos. De nosotros De los otros.
Siempre estás presente, Sergio.
Acertadísima Eduvim en la reedición. Gracias
Hasta un día de estos María
Descubrí LA colección Caterva.
Director de colección: José Di Marco.
Adquirí detrás del vidrio en formato físico o en versión digital.









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